|
Hace
algunos años el dirigente del Partido
Socialdemócrata alemán, Oskar
Lafontaine se separó de ese partido
por el proceso de derechización en
el cual se encontraba. Con otros sectores
de izquierda de Alemania fundó el Partido
la Linke (la Izquierda), que actualmente se
ha incrementado notablemente. En Francia comienza
a presentarse una situación similar.
|
Oskar Lafontaine
|
A continuación la intervención
de Lafontaine en el acto constitutivo del Partido
de la Izquierda en Francia celebrado la semana pasada
en París.
Señoras, señores, ¡queridos
camaradas!
Es un placer para mí haber venido a París
para dirigirles unas palabras, en el momento en
que os disponéis a reconstruir en Francia
un nuevo partido de izquierdas que merecerá
verdaderamente este nombre. En Alemania, venimos
de realizar este paso con gran éxito. Y es
fruto de esta experiencia que he venido aquí
a animarles a tomar el mismo camino. Sé muy
bien que la constelación de partidos políticos
alemanes no es comparable a la situación
francesa. Pero hoy, las sociedades francesas y alemanas
no difieren de forma fundamental la una con la otra.
Los problemas económicos, políticos
y sociales que se planteaban en nuestros dos países
son ampliamente idénticos. No veo por lo
tanto razón mayor para que un nuevo partido
de izquierda no tenga las mismas oportunidades de
éxito en Francia que en Alemania.
Ahora que Die Linke existe desde hace un año
y medio, los sondeos serios le dan un 12 o 13% a
nivel nacional. Tengo que reconocerles que estoy
sorprendido yo mismo de este éxito, a pesar
de que estas cifras no reflejan la verdadera amplitud
de nuestra influencia política. Por sí
sólo, el hecho de que estemos aquí,
el hecho de que exista en Alemania un partido con
un perfil político y reivindicaciones sociales
claramente de izquierda, este sólo hecho
ha cambiado la orientación de la política
alemana. Y no soy solo yo quien lo afirma.
Casi todos los periódicos alemanes, sean
de izquierdas o de derechas, que se alegren o que
lo deploren, opinan lo mismo. La mayoría
de ellos están de acuerdo en escribir que
somos nosotros, la "LINKE", que encarnamos
el proyecto político más exitoso de
las últimas décadas, que somos nosotros
quien en el fondo definimos cada vez más
la agenda política de Alemania, que somos
nosotros que obligamos al resto de partidos a reaccionar.
Si reaccionan, si se hacen suyas algunas de nuestras
reivindicaciones, es por miedo al electorado. Y
si el neoliberalismo, tan virulento desde 1990,
está desapareciendo en Alemania, es debido
en gran medida a nuestra presencia parlamentaria.
Queridos camaradas, es evidente que la construcción
de un nuevo partido de izquierdas no hubiera podido
tener éxito si las condiciones exteriores,
es decir, la situación política y
social de Alemania, no hubiera sido favorable a
este proyecto. Es por lo tanto esta la primera razón
de nuestro éxito. Mientras todos los partidos
políticos del oeste de Alemania se disputaban
el "centro" y preconizaban una política
económica neoliberal, la mayoría de
la población alemana deploraba la falta de
equilibro social resultante de esta política.
El vacío en la izquierda del espectro político
pedía tan solo ser rellenado. No hay nada
más eficaz que una idea que encuentra su
época.
La segunda razón de nuestro éxito
es sin duda la unión de las fuerzas y las
organizaciones políticas que se definen a
si mismas a partir de una posición crítica
hacia el capitalismo.
La tercera razón, que es quizá la
más fácil de conseguir, ya que tan
solo depende de nosotros mismos, aunque no por ello
es la menos importante, es dar al nuevo partido
un perfil claro, diferenciable con relación
a la uniformidad de los demás. No perderé
la posibilidad de concretar este punto más
adelante, pero quisiera abordarlo desde una perspectiva
histórica. Es útil a veces recular
un paso para tener una mejor perspectiva del conjunto.
Al principio de mi carrera política, hace
unos cuarenta años, las posiciones de los
partidos políticos de izquierdas en Europa
eran aún relativamente claros y sus misiones
bien definidas. No había aún esta
uniformidad centrista que los grandes partidos muestran
hoy en día. Incluso en Alemania, donde el
SPD, en Bad-Godesberg, decidió aceptar el
capitalismo, la izquierda y la derecha eran claramente
diferenciables para los electores. El SPD había
renunciado al marxismo, es cierto, pero había
conservado a pesar de ello la idea de reformar el
capitalismo, de buscar la famosa "tercera vía"
entre el comunismo y el capitalismo.
Lamentablemente, ese ideal reformador fue enterrado
bajo los escombros del muro de Berlín. En
Francia, las posiciones de los partidos de izquierda
eran aún más claras, no solo del lado
comunista, si no también del socialista.
Por causa de su apoyo a la guerra colonial en Algeria,
la SFIO había perdido a finales de los 60
toda legitimidad como partido de izquierdas. En
1971, en el Congreso d´Epinay, un nuevo partido
socialista se forma bajo la dirección de
François Mitterrand. El programa de este
nuevo partido socialista francés difiere
considerablemente del que los socialdemócratas
alemanes habían elegido hacía una
década: es anticapitalista, es crítico
con la OTAN y es favorable a las alianzas con el
partido comunista: todo aquello que no contiene
el programa del SPD. Por lo tanto, en la Internacional
Socialista, el debate enfrentó a Épinay
contra Godesberg. Soy alemán, pero no les
escondo que mis simpatías estaban del lado
de Épinay.
Comparto por lo tanto, queridos camaradas, sus decepciones,
ya que a pesar de este programa teóricamente
anticapitalista, la política llevada a cabo
por el gobierno Mitterrand no fue de ningún
modo más anticapitalista que la del gobierno
socialdemócrata en Alemania. Ya sea en Inglaterra,
Alemania, España, Francia o en cualquier
lado, la brecha entre la teoría y la práctica
política es sintomática para la historia
del socialismo del oeste de Europa. Casi siempre
y casi en todas partes, los dirigentes de los partidos
socialistas han soltado sus principios cual lastre,
a menudo contra la voluntad de la masa de militantes,
a cambio de una cartera de gobierno.
Y aquí está el gran dilema de los
partidos socialistas: el haber formulado, por así
decirlo, los principios de oposición de Épinay
y los principios de gobierno de Godesberg. La historia
de los partidos socialistas de Europa occidental
en el poder es una larga lista de compromisos podridos.
Queridos camaradas, hay que salir del dilema y romper
con esta tradición fatal del compromiso podrido!
Para un partido de izquierdas, los principios del
gobierno deben siempre ser los mismos que los principios
de oposición. Si no, desaparecerá
más rápido de lo que ha llegado.
Fijaros en Italia, fijaros en España. La
lección que la izquierda puede aprender es
que las últimas elecciones en estos dos países
no puede ser más clara: la Izquierda Unida
marginada, la Rifondazione Comunista eliminada.
Estos dos partidos han tenido que pagar tan cara
su participación en el gobierno porque se
fundamentaba en el compromiso podrido! Es muy absurdo,
efectivamente, dejar un partido por motivo de su
línea política, de construir un nuevo
partido, y después formar una coalición
de gobierno con el partido que acaba de abandonar
los fundamentos de su política, motivo por
lo cual se le abandonó. Los electores no
aprecian nada este tipo de bromas, y no están
equivocados.
Queridos amigos, si la izquierda pierde su credibilidad,
pierde su razón de ser. Es por ello que mi
partido, la "LINKE", ha tomado medidas
para corregir esta tendencia fatal de los dirigentes
hacia el compromiso político del que he hablado.
Las decisiones sobre los grandes principios de nuestro
programa deben ser tomadas por el conjunto de los
militantes del partido y no solo por una asamblea
de delegados.
Es decir, no aceptaremos las donaciones que sobrepasen
una determinada cantidad, una cantidad relativamente
baja. Y creedme, no es la actitud del que rechaza
algo porque igualmente no lo va a obtener. Es simplemente
que no queremos ser corrompidos. La corrupción
política es una desgracia de nuestra época.
Y lo que llamamos donación no es a menudo
más que una manera legal de corromper. La
victoria electoral de Barak Obama es una buena noticia,
puesto que la política del presidente Bush
y de su partido era insoportable. Pero visto las
enormes sumas que el capital americano ha invertido
en la campaña electoral del nuevo presidente,
soy muy escéptico en relación a su
futuro como reformador. El capital no da nunca sin
pedir.
Vayamos pues al perfil programático que un
partido de izquierdas debe tener en mi opinión.
He dicho antes que mis simpatías, hace cuarenta
años, estaban del lado de Épinay y
no de Godesberg. Pues bien, lo están aún.
Lo son quizás más que nunca. El espíritu
anticapitalista que ha animado a la izquierda francesa
en los años 70 aún se impone. Es cierto
que una opinión pública manipulada
al servicio del capital nos sugiere a través
de todos los medios que la globalización
debería haber cambiado completamente las
cosas, que el anticapitalismo está completamente
superado por la historia. Pero si analizamos el
proceso económico y social que se desarrolla
bajo nuestros ojos objetivos, nos damos cuenta que
la globalización no ha disipado sino agravado
los problemas sociales y las turbulencias económicas
causadas por el capitalismo. Si comparáis
los escritos de Karl Marx a propósito de
la concentración de capital, del imperialismo
o de la internacionalización del capital
financiero con las tonterías neoliberales
propagadas hoy en día, constataréis
que este autor del siglo XIX es mucho más
actual y iluminador que los ideólogos del
neoliberalismo en boga.
Queridos amigos, más que nunca el anticapitalismo
está de moda, ya que el imperialismo, al
principio del siglo XXI, es aún real. Y la
OTAN está instrumentalizada a su servicio.
Antes concebida como una alianza de la defensa,
la OTAN se ha convertido hoy en día en una
alianza de intervención bajo la dirección
de los Estados Unidos. Pero la izquierda no puede
preconizar una política exterior que tenga
como objetivo la conquista militar de los recursos
y los mercados. No aceptamos el imperialismo beligerante
de la OTAN, que interviene en todo el mundo violando
el derecho internacional. Estamos a favor de un
sistema de seguridad colectivo donde los socios
se defiendan entre ellos cuando sean atacados, pero
se abstienen de toda violencia que no esté
conforme al derecho internacional.
En Alemania, la cuestión de las intervenciones
militares (ya fuera en Kosovo o en Afganistán)
es una línea de demarcación clara
entre mi partido (DIE LINKE) y todos los demás
partidos, incluido el SPD. Somos intransigentes
con ello y nuestra participación en un gobierno
favorable a las intervenciones militares de la OTAN
es inconcebible. LA cuestión de la guerra
o de la paz ha sido de hecho desde siempre una razón
de escisión en el seno del socialismo alemán.
Ya en 1916, bajo el impulso de Rosa Luxemburgo y
del Karl Liebknecht, la guerra dividió a
la socialdemocracia alemana en dos partes. Y no
fue solo en Alemania que la izquierda estuvo lúcida.
Os recuerdo las palabras de Jean Jaurès,
que dijo que "el capitalismo lleva consigo
la guerra igual que las nubes la tormenta".
Camaradas, si queremos un mundo en paz, hay que
civilizar el capitalismo.
Contra la ideología de la privatización
preconizada por los portavoces del neoliberalismo,
mantenemos la idea de una economía pública
bajo control democrático. Preconizamos una
economía mixta donde las empresas privadas,
mayoritarias, costeen a las empresas nacionalizadas.
Sobretodo las empresas que traduzcan necesidades
fundamentales para la existencia de la sociedad;
el sector energético, por ejemplo, o incluso
el sector bancario en la medida en que son indispensables
para el funcionamiento de toda economía,
deben ser nacionalizados.
Volveremos a poner a la orden del día la
cuestión de la autogestión obrera
o de la participación de los empleados en
el capital de su empresa, cuestión que parece
hoy olvidada.
Luchamos contra una política de la deconstrucción
social que da prioridad a los intereses de los inversores
y que se ríe de la injusticia social creciente,
de la pobreza de muchos niños, de los salarios
bajos, del despido en los servicios públicos,
de la destrucción de los ecosistemas. Luchamos
contra una política que sacrifique en favor
de los rendimientos del capital financiero lo que
queda de una opinión pública deliberativa.
No aceptamos la privatización de los sistemas
de protección social, ni la privatización
de los servicios de transporte públicos.
No aceptamos tampoco la privatización del
sector de la energía y aún menos la
privatización del sector público de
la educación y de la cultura. Nuestra política
fiscal quiere devolver al estado los medios para
cumplir con sus funciones clásicas.
Hoy, las fuerzas motrices del capitalismo no son
los empresarios, si no los inversores financieros.
Es el capital financiero el que gobierna el mundo
y el que instaura globalmente una economía
de casino. La crisis de los mercados financieros
era pues previsible, esperada por los expertos.
Y a pesar de ello los gobiernos no han hecho nada
para impedir esta crisis. En los Estados Unidos
y en Gran Bretaña, las élites políticas
han juzgado útil la especulación desenfrenada.
Y el continente europeo se ha inclinado ante dicho
juicio. Incluso durante los períodos en los
que la mayoría de gobiernos europeos estaban
formados por partidos afiliados a la Internacional
Socialista, ninguna medida fue tomada. La pérdida
de una visión crítica frente al capitalismo
ha hecho fracasar lamentablemente en toda regla
la política oportunista de los partidos socialistas
y socialdemócratas. Si hacía falta
una prueba de dicho fracaso, la crisis actual de
los mercados financieros nos la da.
Y si hacía falta una prueba de que nosotros,
la izquierda crítica, no somos regresivos,
que no pescamos los remedios a los males de hoy
en el pasado, como nos lo reprochan constantemente
los liberales y los conservadores, si hacía
falta una prueba, pues esta crisis nos la brinda
también. Desde el principio de los años
90 y la posterior globalización, la izquierda,
incluido yo mismo, no para de reclamar la reglamentación
de los mercados financieros globales. Pero la opinión
pública neoliberal se ha reído de
nuestras opiniones supuestamente regresivas. Que
la lógica de la globalización no era
compatible con una reglamentación fue lo
que se no dijo. También que sobretodo no
se debía poner travas al libre comercio y
al libre flujo transnacional de capitales; que toda
reglamentación era una solución pasada
de moda, regresiva. Y ahora, ¿qué
hacen los neoliberales en América del Norte
y en Inglaterra, que hacen los conservadores en
Alemania y Francia? Pues bien, pretenden reglamentar.
Los que nos han acusado de regresión política
cuando pedíamos la nacionalización
de algunos sectores bancarios para evitar la crisis,
¿qué hacen ahora? Pues bien, hacen
ver que nacionalizan los bancos en nombre del futuro.
Ahora, se socializa las pérdidas y se hace
pagar a los grupos más vulnerables de la
sociedad por la fallida del sistema. Ahora, se organizan
pomposas cumbres internacionales para reglamentar
los mercados financieros. Pero no somos unos inocentes:
todo ello es palabrería. ¿Cerrarán
el casino? Ni lo penséis! Cambiarán
simplemente de forma radical las reglas de juego
en el interior del casino? Claro que no! Lo que
harán, es elaborar con gran fracaso verbal
un nuevo código de comportamiento para croupiers.
Nada va a cambiar realmente.
Su queréis cambios, camaradas, hay que reconstruir
la izquierda, en Alemania, en Francia, en todas
partes por Europa. La experiencia alemana nos enseña
que una izquierda europea reorganizada y fuerte
puede hacer cambiar las cosas obligando a los demás
partidos a reaccionar. Construyamos juntos esta
nueva izquierda, ¡una izquierda que rechace
los compromisos nauseabundos! Para reafirmar una
vez más la importancia de esta máxima,
acabaré con una imagen que tomo prestada
al poeta ruso Mayakovski: cantemos juntos nuestra
canción, pero evitemos pisarle la garganta.
Oskar Lafontaine es el portavoz parlamentario de
La Izquierda en el Bundestag.
Traducción para www.sinpermiso.info: Roc
Deulofeu
Diciembre de 2008.