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POR HUMBERTO TOBÓN
Las visiones
sobre la economía colombiana son contradictorias.
Un grupo muy importante, vinculado a los gremios
y a la institucionalidad pública, expresan
que ya la crisis tocó fondo y aunque
la recuperación será lenta,
alcanzará para tener un balance positivo
del PIB al final del año. Otros, los
aguafiestas, consideran que aun la crisis
va a continuar y que sus efectos serán
bastante dañinos, porque así
lo están evidenciando las cifras y
porque el entorno económico está
muy enrarecido.
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Miremos algunos ejemplos. El mismo
día en que el presidente del BID, Luis Alberto
Moreno, aseguraba que la economía colombiana
podría tener buenos resultados al finalizar
el año, Fenalco reveló una encuesta
en la que la gente dijo que reduciría o aplazaría
la compra de electrodomésticos, vehículos
y vivienda, y que restringiría su ida a restaurantes
y disminuiría el turismo.
El Nobel de Economía, Paul Krugman, dio declaraciones
en el sentido de que la crisis había golpeado
a Colombia con menor rigor que a la gran mayoría
de países latinoamericanos. Y, paralelamente,
la Superintendencia Bancaria mostró los excelentes
resultados del sistema financiero colombiano y lo
puso como un ejemplo sectorial que fue capaz de
enfrentar, sin inmutarse, la crisis económica
mundial.
Las buenas noticias, sin embargo,
se ensombrecieron con el anuncio de Venezuela de
mantener su posición de seguir importando
menos productos de Colombia, como una reprimenda
comercial a los líos que se originaron por
el acuerdo militar colombiano con Estados Unidos,
afectando de esta manera a las industrias de alimentos,
automotriz, textil, cosmética, química,
cárnica, avícola y farmacéutica.
A esto se sumó la revelación de que
los indicadores de demanda en Estados Unidos siguen
agudizándose y que la recesión se
mantiene en niveles críticos, y que Ecuador
ha dejado de tener la misma dinámica comercial
que en años pasados con nosotros, dos hechos
que también afectan la producción
nacional y la generación de empleo.
Los bancos y los fondos pensionales
siguieron engordando sus balances. La Bolsa de Valores
obtiene ganancias superiores al 40% en lo corrido
del año 2009. Centros de consulta dicen que
los Índices de Situación Actual y
de Expectativas fueron favorables al finalizar julio
en Colombia. Los organismos de crédito internacional
aseguran que han aprobado recursos para la economía
colombiana, para que haga uso de ellos cuando el
país lo considere conveniente. Un panorama
que pareciera espléndido, si no fuera porque
mucha gente sigue perdiendo el empleo; las ventas
minoristas se contrajeron 4,5% en el primer semestre;
y la industria manufacturera continua presentando
datos negativos, como el de junio que fue de -6,6%.
Se escuchan voces de alegría
porque la inflación es la más baja
en muchas décadas, pero no explican que este
fenómeno se debe a que no hay quién
compre la producción, entre otras razones,
porque los índices de pobreza apenas sí
se redujeron durante la bonanza del último
lustro, mientras la miseria mantuvo una tendencia
al alza. Paralelamente hay presiones muy fuertes
para que el aumento del salario mínimo en
2010 sea inferior al 4% y se reforme nuevamente
el sistema pensional colombiano.
Frente a esta realidad tan confusa,
hay optimistas que quieren hacer creer que la economía
se recuperará, a tal punto que podría
crecer en 2009. Otros, una minoría, han expresado
públicamente la desconfianza en las voces
que intentan distorsionar la realidad, como cuando
se dijo desde las altas esferas oficiales, que no
habría problema alguno, porque la economía
nacional estaba blindada.
"CONFIANZA INVERSIONISTA" SIMPLE ESLOGAN
DEMAGÓGICO
Las decepcionantes cifras oficiales
sobre desempleo, pobreza y miseria reportadas por
el Dane, según las cuales en Colombia existen
alrededor de 2 millones 700 mil desempleados, veinte
millones de pobres y nueve millones de pordioseros,
dan cuenta de que las políticas económicas
del gobierno de Álvaro Uribe, entre ellas
su plan bandera de lograr "confianza inversionista",
constituyen un total fracaso.
A más de ser un eslogan demagógico,
la "confianza inversionista", al decir
de reputados analistas económicos como Juan
Camilo Restrepo, José Antonio Ocampo, Eduardo
Sarmiento Palacio, Helena Villamizar y Ricardo Bonilla,
entre otros, no ha sido más que una política
arbitraria de dar gabelas o favorecimientos tributarios
a un minoritario sector plutocrático y al
capital financiero transnacional, sin ninguna contraprestación
para el país. En ese sentido, el régimen
tributario está lleno de exenciones dirigidas
a beneficiar a las grandes empresas transnacionales,
a las zonas francas en las que los hijos del primer
mandatario tienen intereses, a los megaproyectos
agropecuarios y al sector financiero. Las solas
exenciones al impuesto de renta superan los 8 billones
de pesos.
El crecimiento económico del
país de hace año y medio no obedeció
a una política de inversiones o a una estrategia
económica dirigida a mejorar la productividad
y la infraestructura física del país,
sino que fue el resultado del alto precio de las
materias primas que antecedió a la crisis
financiera internacional.
En materia laboral, la situación
es alarmante. De acuerdo con el profesor Ricardo
Bonilla del Centro de Investigaciones para el Desarrollo
de la Universidad Nacional, todos los indicadores
señalan que el desempleo y la informalidad
siguen creciendo, debido a que muchos de quienes
salen a buscar trabajo se ocupan en actividades
de rebusque o sobreviven por cuenta propia.
El gobierno carece de una estrategia
para fomentar el empleo, así como de políticas
para mitigar la emergencia humanitaria en que se
encuentran 4 millones de desplazados por efectos
del conflicto interno o para darles oportunidades
socioeconómicas a millones de indigentes.
La política económica
del gobierno de Uribe revela un modelo de exclusión
e inequidad y por eso se dan en Colombia fenómenos
como las redes de captación ilegal de dineros,
más conocidas como "pirámides",
y la diversificación de actividades provenientes
del narcotráfico y el contrabando.
Septiembre de 2009.