|
POR CLAUDIA LÓPEZ
El
embeleco del presidente Uribe con su segunda
reelección lo puede dejar en el peor
de los mundos: sin su reelección, sin
sucesor y sin legado. Escoger un sucesor requiere
que el Presidente promueva unidad y empoderamiento.
Pero está haciendo exactamente lo contrario.
Dividiendo a su coalición y empequeñeciendo
a sus sucesores.
Ese camino es indeseable si se quiere reelegir
y suicida si quiere elegir un sucesor. El Presidente
debe entender que tiene mucha influencia para
elegir un sucesor de su proyecto político
y una muy limitada para hacerlo elegir Presidente.
El sucesor debe ganarse por sí mismo
la respetabilidad y confianza del electorado
para elegirse. Llamarlos a medirles el aceite,
hacerles cuestionarios públicos y dudar
permanentemente si dan la talla empequeñece
la credibilidad y respetabilidad de sus posibles
sucesores, a quienes hace lucir como ridículos
segundones y no como líderes capaces
de continuar su obra.
|
|
Uribe tiene el estilo de debilitar las
instituciones y personas a su alrededor para aparecer
como el único fuerte e indispensable. De ese
estilo ha sacado provecho a costa del país
y sus instituciones, pero que lo haga a costa de su
propio legado e intereses parece una egolatría
demente. El Presidente ha hecho tres cosas concretas
para informarle al mundo político que su prioridad
es asegurar su tercer mandato: expedir un decreto
de medianoche con su firma para salvar el referendo,
mandar a sus ministros a comprar los votos que hacían
falta y darle una leñera al único partido
que no lo apoyó en pleno: Cambio Radical.
La paliza mediática y burocrática
que le están dando a Germán Vargas no
es por mano blanda con la guerrilla ni por no apoyar
la seguridad democrática, sino por no apoyar
el tercer mandato de Uribe. Los congresistas, que
tienen como prioridad su propia reelección,
saben que depende para ello de la imagen y la cuota
burocrática del Gobierno. Con la leñera
a Vargas, el mensaje que les mandó Uribe es
que el que se oponga a su tercer mandato perderá
la cuota burocrática y el respaldo. El mensaje
funcionó, la mayoría quedaron mansitos,
apoyando el tercer mandato, no tanto porque crean
en el Presidente, sino porque no van a arriesgar su
propia reelección.
Por la vía del chantaje y la
conveniencia, el Presidente puede asegurar que el
Congreso le apruebe el referendo para reelegirse en
el 2010, pero debilita la probabilidad de que la segunda
reelección pase el examen en la Corte Constitucional,
en las urnas y en el escenario internacional. Cada
acción política camino a la segunda
reelección ha ido requiriendo una cuasi ilegalidad.
Recolectar la plata para las firmas
requirió seducir a los contratistas, encubrir
la superación de los topes legales del referendo,
falsificar las cuentas, modificar y aprobar el referendo,
intimidar a los congresistas; y obtener los 7,5 millones
de votos requerirá amedrentar a opositores
y electores. Atravesar ese camino con legalidad y
legitimidad para gobernar cuatro años más
es casi un milagro y venderlo como una acción
política legítima a nivel internacional,
en concreto en Estados Unidos, es casi imposible.
El presidente Obama dejó claro
en su discurso de posesión que el nuevo gobierno
de Estados Unidos no apoyará a quienes se aferran
al poder. Uribe sabe que con Bush se fue la patente
de corso que tuvo para hacer y deshacer a su antojo.
Si insiste en aferrarse a la silla no sólo
va a pasar de ser el salvador de Colombia a un tirano
tropical más, sino que se va a empezar a volver
un obstáculo de los intereses de Colombia en
Estados Unidos.
La teoría de que el Presidente
mantenía la ambigüedad sobre su tercer
mandato para asegurar gobernabilidad hizo agua. Su
solapada firmeza para imponer su segunda reelección
va camino de acabar con la gobernabilidad de la primera
y de paso a arrastrar su legado y al país a
la condición de republiqueta bananera.
¿Tanto empeño para terminar
en semejante fiasco?
El Tiempo, Bogotá, 27 de enero
de 2009.