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POR LEÓN VALENCIA
La
clausura de la prisión de Guantánamo
tiene un significado profundo, como quiera
que este lugar de reclusión se
había convertido en el símbolo
de la visión de Bush en la lucha
contra el terrorismo.
El ex mandatario norteamericano logró
imponer en estos años, en su país,
la idea de que la agenda antiterrorista
estaba por encima de los derechos humanos,
del derecho internacional humanitario
y de la soberanía nacional. O dicho
de otra manera: en el combate al fundamentalismo
musulmán o a otras expresiones
terroristas es válido apelar a
métodos que transgreden principios
y valores democráticos esenciales.
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Prisioneros
en el campo de concentración inhumano
de Guantánamo, utilizado para violar
los derechos humanos por la desprestigiada
administración Bush.
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Todos los signos estaban en esta
cárcel. Levantada en un territorio que
Cuba añora, regentada por un tribunal
militar, convertida en un centro de torturas,
cerrada a la inspección de todos los
organismos de derechos humanos del planeta.
No todo el mundo occidental aceptó
esta concepción del combate a la violencia.
En la mayoría de los países europeos
se planteó que el reto del terrorismo
había que afrontarlo desde el apego a
las tradiciones civilistas. El caso de América
Latina es especial. Como acá no había
una amenaza musulmana y, con la excepción
de Colombia, los conflictos armados internos
habían sido superados, la región
ni siquiera se hizo eco de la agenda de Estados
Unidos.
Pero aun con un precario apoyo internacional,
Bush logró que su arbitrariedad fuera
la guía en los principales escenarios
de conflicto violento en el mundo. En Irak,
en Afganistán, en el Oriente Medio.
La idea tuvo su repercusión
en Colombia: la violación de la soberanía
nacional del Ecuador en la operación
contra 'Raúl Reyes', la cadena de ejecuciones
extrajudiciales, la muerte de sindicalistas,
el escabroso caso en el cual el Estado le pagó
a un guerrillero por el asesinato de su jefe
y recibió como prueba la mano cercenada,
la utilización indebida de las insignias
de la Cruz Roja Internacional y la confabulación
de agentes del Estado con actores ilegales son,
sin duda, hijas de esta visión.
Ya empezamos a pagar caro estas
equivocaciones. Las dificultades con el gobierno
ecuatoriano vienen de allí. También
el aislamiento con respecto a los países
de la región y las distancias insoslayables
con la nueva administración de Estados
Unidos. Las consecuencias serán mayores
si no se procede con rapidez a realizar un cambio
de fondo en la orientación de la seguridad
y en la lucha por la democracia.
Quizás a muchos sectores
de la opinión pública mundial
les parezca un poco extraño que Barack
Obama, asediado por problemas de tanta envergadura
como la profunda crisis económica mundial
o la agresión de Israel a la Franja de
Gaza, decida que el primer hecho significativo
de su gobierno es la clausura de la prisión
de Guantánamo.
La decisión no podía
ser más acertada. La creación
de esta prisión, con sus horrores, fue
hechura de Bush y nada más que de Bush,
es un emblema de una era y de una visión;
tenía sobre sí las críticas
de todos los demócratas del mundo. El
anuncio del cierre es la invocación del
final de una época. Es también
el retorno a la legalidad internacional. El
compromiso de que Estados Unidos se esforzará
en adelante por cumplir las convenciones de
Ginebra.
¿Cuándo, cómo
y con qué símbolo empezará
el viraje en Colombia? ¿Lo hará
el actual gobierno o tendremos que esperar el
advenimiento de un nuevo liderazgo?
La situación no da espera.
Tanto el discurso inaugural de Obama como estas
medidas generarán una cadena de impactos
en todo el mundo. Colombia no puede quedarse
atrapada en la era Bush. Profundizar el juicio
a la parapolítica, ahondar la investigación
de los falsos positivos y acometer una depuración
y reestructuración de las Fuerzas Armadas,
enarbolar la bandera de la reconciliación,
empezando por pequeños actos de humanidad,
son algunos temas por los que se podría
empezar.
El Tiempo, Bogotá, 24 de
enero de 2009.