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POR ATILIO A. BORON
Finalmente
llegó el gran día. Toda
la prensa mundial no hace sino hablar
de la nueva era abierta con el acceso
de Barack Obama a la Casa Blanca. Esto
confirma los pesimistas pronósticos
acerca del retrógrado papel que
cumplen los medios del establishment al
profundizar, con las ilusiones y los engaños
de su propaganda, la indefensión
de la "sociedad del espectáculo",
una forma involucionada de lo social donde
el nivel intelectual de grandes segmentos
de la población es rebajado sistemáticamente
mediante su cuidadosa des-educación
y desinformación. La agobiante
"obamamanía" actual es
un magnífico ejemplo de ello.
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Chócolo
en El Espectador de Bogotá
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Obama llegó a la presidencia
diciendo que representaba el cambio. Pero los
indicios que surgen de la conformación
de su equipo y de sus diversas declaraciones
revelan que si hay algo que va a primar en su
administración será la continuidad
y no el cambio. Habrá algunos, sin duda,
pero serán marginales, en algunos casos
cosméticos y nunca de fondo. El problema
es que la sociedad norteamericana, especialmente
en el contexto de la formidable crisis económica
en que se debate, necesita cambios de fondo,
y éstos requieren algo más que
simpatía o elocuencia discursiva. Hay
que luchar contra adversarios ricos y poderosos,
y nada indica que Obama esté siquiera
remotamente dispuesto a considerar tal eventualidad.
Veamos algunos ejemplos.
¿Cambio, designando como
jefe de su Consejo de Asesores Económicos
a Lawrence Summers, ex secretario del Tesoro
de Bill Clinton y artífice de la inaudita
desregulación financiera de los noventa
causante de la crisis actual? ¿Cambio,
ratificando al secretario de Defensa designado
por George W. Bush, Robert Gates, para conducir
la "guerra contra el terrorismo" por
ahora escenificada en Irak y Afganistán?
¿Cambio, con personajes como el propio
Gates, o Hillary Clinton, que apoyaron sin ambages
la reactivación de la Cuarta Flota destinada
a disuadir a los pueblos latinoamericanos y
caribeños de antagonizar los intereses
y los deseos del imperio? En su audiencia ante
el Senado, Clinton dijo que la nueva administración
de Obama debería tener "una agenda
positiva" para la región para contrarrestar
"el temor propagado por Chávez y
Evo Morales". Seguramente se referiría
al temor a superar el analfabetismo o a terminar
con la falta total de atención médica,
o al temor que generan las continuas consultas
electorales de gobiernos como el de Venezuela
o Bolivia, mucho más democráticos
que el de Estados Unidos en donde todavía
existe una institución tan tramposa como
el colegio electoral, que hace posible, como
ocurriera en el 2000, que George W. Bush derrotara
en ese antidemocrático ámbito
al candidato que había obtenido la mayoría
del voto popular, Al Gore. ¿Puede esta
Secretaria de Estado representar algún
cambio?
¿Cambio, producido por
un líder político que quedó
encerrado en un estruendoso mutismo ante el
brutal genocidio perpetrado en Gaza? ¿Qué
autoridad moral tiene para cambiar algo quien
actuó de ese modo? ¿Cómo
suponer que representa un cambio una persona
que dice, como lamentablemente lo hizo Obama
hace apenas un par de días a la cadena
televisiva Univisión, que "Chávez
ha sido una fuerza que ha impedido el progreso
de la región, (...) Venezuela está
exportando actividades terroristas y respalda
a entidades como las FARC"? Tamaño
exabrupto y semejantes mentiras no pueden alimentar
la más mínima esperanza y confirma
las prevenciones que suscita el hecho de que
uno de sus principales consejeros sobre América
latina sea el abogado Greg Craig, asesor de
la inefable Madeleine Albright, ex secretaria
de Estado de Bill Clinton, la misma que dijera
que las sanciones en contra de Irak luego de
la Primera Guerra del Golfo (que costaron entre
medio millón y un millón y medio
de vidas, predominantemente de niños)
"valieron la pena". Craig, además,
tiene como uno de sus clientes a Gonzalo Sánchez
de Lozada, cuya extradición a Bolivia
está siendo solicitada por el gobierno
de Evo Morales para juzgarlo por la salvaje
represión de las grandes insurrecciones
populares del 2003 que dejaron un saldo de 65
muertos y centenares de heridos. Sus credenciales
son, por lo visto, inmejorables para producir
el tan deseado cambio.
En esa misma entrevista, Obama
se manifestó dispuesto a "suavizar
las restricciones a los viajes y al envío
de remesas a Cuba", pero aclaró
que no contempla poner fin al embargo decretado
en contra de Cuba en 1962. Agregó además
que podría sentarse a dialogar con el
presidente Raúl Castro siempre y cuando
"La Habana se muestre dispuesta a desarrollar
las libertades personales en la isla".
En fin, la misma cantinela reaccionaria de siempre.
Un caso de gatopardismo de pura cepa: algo tiene
que cambiar, en este caso el color de la piel,
para que nada cambie en el imperio.
Pagina/12, Buenos Aires, 21 de
enero de 2009.